La República que sí veremos
Por Carlos Guzmán Pérez, Coordinador General de Izquierda Unida de Navarra y Portavoz Parlamentario de Contigo Navarra - Zurekin Nafarroa

Hace unos pocos días, en el periódico de Noticias de Navarra, en su columna A propósito, el periodista Jesús Barcos publicaba unas líneas tituladas La república que no veremos. En esta pequeña Navarra en la que todos y todas nos conocemos, sobra decir que Jesús Barcos es un periodista de mirada larga, reflexión profunda y pluma exquisita, pero en esta ocasión me siento en la obligación política de negarle modestamente la mayor desde mi militancia republicana.
En su columna, señalaba Jesús (espero que el señor Barcos me permita tutearle) que hoy apenas perdura el republicanismo en la mayor parte del Estado y va perdiendo por goleada. La Historia de nuestro país nos ha demostrado que tanto el advenimiento de la I República en 1873 como el de la II República en 1931, fueron materializados mediante repentinas y no esperadas ventanas de oportunidad sociopolíticas. Prácticamente, el 10 de febrero de 1873 y el 13 de abril de 1931, España se acostó monárquica, y el 11 de febrero de 1973 y el 14 de abril de 1931 se despertó republicana. El devenir histórico nos ofrece esas oportunidades sorpresivas, y en cada momento son las correlaciones de fuerzas existentes y las condiciones objetivas y subjetivas las que determinan los desenlaces históricos.
El movimiento republicano español, surgido a finales del siglo XVIII en el marco temporal de la Revolución Francesa, nunca ha sido un movimiento abrumadoramente mayoritario en nuestro país. A lo largo de los dos últimos siglos y medio, el republicanismo y sus distintas corrientes políticas e ideológicas han estado latentes de manera continuada en nuestro país cual hilo temporal conectando el pasado con el presente y sobre todo con el futuro. En España, el republicanismo ha encontrado su máxima expresión movilizadora en épocas de fuertes crisis estructurales y de agudización de contradicciones sociales como por ejemplo en el periodo de postcrisis económico-financiera del 2008 y la sucesión monárquica del 2014, y por contra ha sufrido cierto letargo movilizador en largos periodos de hastío político como el actual.
Las evidentes urgencias y necesidades que hoy en día vive la mayoría social española, muy similares a las que se viven en buena parte del planeta, hacen que el debate sobre el modelo de Estado o sobre la Jefatura del Estado no sea una preocupación prioritaria para la ciudadanía de nuestro país. Lógico y comprensible por otra parte. Pero no obstante tenemos que ser conscientes de que las evidentes urgencias y necesidades que hoy en día vive la mayoría social española encuentran su cimentación en el estatus quo imperante, el llamado Régimen del 78, en cuya clave de bóveda se encuentran la monarquía parlamentaria y la familia Borbón.
Si bien es cierto que Felipe VI aparenta no ser como Juan Carlos I, y a buen seguro tampoco será como Leonor I, a estas tres personas les pesa la misma condición; representar a una antidemocrática institución cuyo origen se encuentra en la dictadura franquista. En pleno año 2026, por mucho que aparentemente esta no sea una prioridad material, somos muchos los españoles y españolas los que no nos resignamos a ser súbditos de la familia Borbón. La monarquía parlamentaria constituye una anacrónica formulación institucional, que patrimonializa la primera institución del Estado en una familia concreta.
No es ningún secreto que hace ya tiempo que la Constitución Española de 1978 hizo aguas. Incumplida sistemáticamente en su parte más progresista y avanzada, y pervertida de manera antidemocrática con agosticidad y alevosía al más radical neoliberalismo económico por el Gobierno del PSOE de Rodriguez Zapatero, es hoy un jarrón chino de casi medio siglo de vida. La España de hoy poco tiene que ver con la España de 1978; la financiarización de la economía, el cambio climático y las consiguientes transiciones ecológicas y energéticas, los desequilibrios y tensiones territoriales, o la modernización de nuestras instituciones, son retos imperantes que bien justificarían una reforma integral de nuestra Carta Magna.
El republicanismo actual defiende con argumentos de peso la necesidad de abrir un Proceso Constituyente que modernice completamente la arquitectura política, económica, jurídica e institucional de nuestro país dando forma así a la III República. Sería muy osado o incluso ingenuo no reconocer que esta aspiración parece difícil de materializar en el inmediato o breve periodo de tiempo. Por ello, desde el republicanismo tenemos que seguir trabajando por construir una mayoría social capaz de revertir la correlación de fuerzas actual, y que logre a su vez generar las condiciones objetivas y subjetivas capaces de virar el rumbo de la Historia.
A pesar de todo lo señalado, no debemos caer en el pesimismo republicano ni mucho menos. A lo largo del presente periodo estival cuyo ecuador ya hemos sobrepasado, el latido republicano ha florecido timoratamente de manera simbólica cual bella flora primaveral. En las retransmisiones populares de los partidos de la victoriosa selección española de fútbol, rara ha sido la ocasión en la que en el entorno de las pantallas gigantes instaladas en nuestras ciudades y pueblos no ondeaba de manera orgullosa alguna que otra bandera tricolor entre la marea rojigualda. En nuestra Navarra, en el marco de las festividades locales que nos alegran estos días, son constantes las pulseras o las chapas tricolores vendidas por los típicos vendedores ambulantes, sobre todo entre las generaciones más jóvenes. Tenemos que ser conscientes de que hoy en día lucir una bandera tricolor no solo significa recordar orgullosamente una de las etapas más luminosas y heroicas del pueblo español, representa sobre todo una ilusionante reivindicación de futuro.
Termino ya estas líneas, trasladando un deseo republicano a Jesús y al conjunto de los lectores que en nuestras propias manos está el conquistarlo; que lo antes posible el pueblo navarro y español dejemos de ser súbditos para volver a convertirnos en ciudadanos soberanos. Por ello y para ello seguiremos trabajando con ilusión y convicción republicana.



